Tania lo dio por muerto aquella tarde de 1925. Un par de horas después de haber regresado a su casa, prendió el samovar y se sentó a pensar.

Aunque sus hijos le imploraron, ella le rindió luto el resto de su vida. No fue por amor, sino mera formalidad.

Años después se enteró de que él había viajado a Buenos Aires. Desde ese momento no dejó de recordarle a su hijo varón dónde podía encontrarlo.