HERMAN KANTOR

 

Steinhöring, Alemania, alrededor de 1938.

Nacido en casa Lebersborn.

Lo único que Herman conocía de su padre, la historia que siempre se había contado en la familia, era que su madre lo había criado sola y que su padre había sido un joven soldado que había muerto en el campo de batalla. Desde que tenía memoria, el ser alemanes, le imprimía a su voz un tono apagado, de vergüenza heredada.

Cuánto supo de su propia historia, y quién y qué es lo que se le ocultó, solo su madre podía saberlo.

Si Agnes le hubiera contado que él no era hijo de un joven soldado, sino de un oficial de la SS; que había sido engendrado para convertirse en una próxima generación de elite de niños rubios; y que ella, su madre, no era en realidad quien lo había parido sino la que lo había criado, porque aquella otra, para ser aceptada, había tenido que abandonarlo, quién sabe cómo hubiera sido su vida.

También, qué hubiera pasado si, desentendiéndose de su esposa Ana, él sí hubiera ido a visitar a su hija Linda la mañana del domingo 15 de mayo de 1977. Linda lo esperaba en su casa para desayunar, quería presentarle a su novio, que supiera que la cosa iba en serio; pero Herman no se había decidido a contrariar a su mujer.

La noche del día que Linda desapareció, él soñó con los sándwiches tostados que su hija iba a prepararle: estaban secos y roídos, como si hubieran sido comidos por ratas.

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