DMITRI IVÁNOVICH KOZLOV

 

Moscú, 1920.

Cuando conoció a Olya en un pasillo del Centro de Investigación, supo que iba a pasar con ella gran parte de su vida. Enfrentado a su madre y a sus hermanas, que no aceptaban a esa descendiente de cosacos, les planteó que hasta ahí llegaba. Con la misma determinación con que su madre se había declarado viuda, él se declaró: hijo único y huérfano.

Durante largo tiempo acompañó a Olya en el camino del Centro a su casa. Se presentó ante sus padres. Se ofrecía para ayudar en los momentos difíciles. Trabajó y trabajó -así dice- hasta que Olya le dedicó una sonrisa.

En ese instante ya no importó qué iba a depararles el destino; Dmitri sintió que Rusia entera había ganado.

Años después, siguiendo la ruta de su padre, aunque no su modo, fue que le dijo a Olya que empacara lo fundamental. Un pantalón, dos camisas y unas botas para él; una pollera, dos blusas y un par de zapatos para ella. Los chicos se arreglarían con unos pantalones cortos, cuatro pares de medias, cuatro camisetas y tres sweaters. Al fin de cuentas, entre Pavel y los gemelos ya no había tanta diferencia de tamaño, y la ropa de uno le servía a los tres.