ANNA COLLINGWOD

 

Londres, 1883.

Tuvo un hijo con el que se hablaban como si fueran una pareja. Darling, le decía ella. Sweetie pie, le decía él.

Un día su marido, al volver de Buenos Aires, decidió que era momento de cortar con cosa tan rara. Los ingleses podían ser como quisieran, pero en su casa nadie iba a estar hablando en un idioma que él no entendiera. El hijo fue mandado pupilo a Londres. Si quería hablar en inglés, que hablara.

Y desde esa misma noche, Vicente se propuso que tendrían un segundo hijo y ahí las cosas serían diferentes. Al nuevo varoncito lo subiría al carro y viajaría con él acompañándolo en los viajes.

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