ANA KANTOR

 

Buenos Aires, 1954.

Heredó el nombre Ana de su madre a pesar de que su madre hubiera preferido que fuera otro. Cuando se enteró de que estaba embarazada, Ana había querido llamar a su primera hija Dolores, pero fue Herman quien la anotó como él quiso. Para su padre, el nombre era el mejor regalo que uno podía dar.

Cuando iba a nacer su hermana, Ana tenía dos años y le dieron a ella la posibilidad de elegir cómo se llamaría el futuro hijo. A esa edad, ella contaba con media docena de palabras: agua, nena, pan, mamá, papá y linda. Así que Linda fue como la llamaron.

Aunque las dos significaban de manera distinta la anécdota, a las hermanas Kantor les gustaba que eso haya quedado entre ellas.

Tiempo después, cada una buscaba ya su propio camino: Linda empezó a militar en el centro de estudiantes; Ana tenía 17 cuando decidió estudiar japonés.

El método: cantar en coro canciones folclóricas.

Ella desentonaba, la profesora insistía en callar a todos para ver de quién era esa voz. Así decía.

Avergonzada, un día decidió irse antes de la clase. Sería la última. No más:

En la puerta había un muchacho. Esperaba a un compañero. Era dos años mayor que ella y sería su marido.